22 de julio de 2009

Jueves 23 de julio del 2009

Morir de Periodismo, pervivir en la literatura*
Víctor Manuel Camposeco**
La novela es la forma literaria que ofrece al escritor el más amplio espacio narrativo para expresarse, a diferencia de las demás formas literarias. Existen poemas muy extensos, tan extensos y hasta más que muchas novelas, claro, como La Divina Comedia o La Ilíada, por ejemplo, pero se trata de las excepciones a la regla; y dichas obras son excepcionales en todos sentidos. Por el contrario, puede ser hasta una reiteración decir: “un cuento corto”, pues no existe un cuento que no sea, relativamente, corto, que si bien es más difícil de dominar que la novela, dicen los expertos, justo por su brevedad, su indispensable unidad anecdótica, sus exigencias estructurales y lingüísticas muy propias, su espacio narrativo es cuantitativamente más limitado que la novela. En la novela siempre se gana por decisión, en el cuento, en cambio, el autor puede ganar por knockout, dice Cortázar. Por muchas otras razones más, actualmente es casi imposible definir qué es una novela. Existen muchos tipos o subgéneros: puede alojar todas las formas literarias y nutrirse, por ejemplo, únicamente de la ficción, sólo de la historiografía, o de ambas, puede combinar todos los géneros literarios, ser en parte ensayo, poesía, crónica, autobiografía, biografía, etcétera. Lo que parece cierto es que, en algunos casos, por mucho que se parezca a la realidad, por más que se utilicen nombres propios y características de personas que todos conocemos y hasta anécdotas o hechos de dominio público, siempre será ficción lo que aparece en una novela, son mentiras verdaderas, diría Vargas Llosa. Por más que un personaje se llame Bill Clinton y tenga una amante de nombre Mónica Lewinsky y tengan ambos costumbres muy peculiares, el escritor no podrá ser acusado ni siquiera de indiscreto. Pero igual no se podrá negar que la novela suele ser un testimonio incontestable de una cantidad infinita de sucesos de la vida real. Y aquí llegamos a Morir de Periodismo (Axial-Colofón, 2008).

Además de muchas más afirmaciones que se pueden hacer a propósito de la novela de Marco Aurelio Carballo diré que es una importante novela testimonial para la historia del periodismo mexicano. Gracias a Morir de Periodismo (Axial) tenemos el testimonio de primera mano, la merecida denuncia, la valiente constancia de las fechorías de algunos nefastos personajes que han vivido y mal vivido del periodismo. El texto de Carballo es también un recuento y crónica de cómo muchos jóvenes dejan en el periodismo, a veces, lo mejor de sus sueños de juventud y su talento, a cambio de triquiñuelas e intrigas por parte de sus directores y hasta de algunos compañeros. Jóvenes que ven con impotencia cómo su casa editorial con tanta frecuencia se prostituye con el poder político o económico, o con ambos; también es la novela de Carballo la historia de chicas y chicos que maduran casi prematuramente frente a ese oficio que es como una droga cuya dependencia les exige todos los días textos escritos de prisa sin demérito de la imposible perfección. Poco a poco sus escritos se convierten en un diario de la realidad y de ellos mismos.

En países como el nuestro los hechos cotidianos son un aluvión de experiencias con frecuencia muy duras y peligrosas como ser corresponsal de las guerras civiles de la región, escribir sobre la delincuencia organizada o denunciar a personas tan indecentes como peligrosas. Todo ello y más está allí en la novela de Carballo. Por igual disfrutamos en las páginas de Morir de Periodismo de la nostálgica rememoración de aquellos a quienes les ha sido conferida la gracia, el talento periodístico, la lealtad al oficio y a los amigos en un medio laboral apasionante como ninguno, en el que todos los días se vive, en la primera piel, cada palpitación de los hechos más importantes del mundo, de la política nacional, del país, y la vida personal de quienes construyen y han construido, y a veces destruido, nuestro periodismo. Allí está en Morir de Periodismo la diaria agonía del cierre de la edición, de la nota que debe salir al día siguiente y no después, de la cotidiana selección natural, darwiniana, de los periodistas en una profesión difícil por necesidad, que prescinde casi a diario de algún compañero que no pudo con las inflexibles exigencias del oficio.

Morir de Periodismo es una novela felizmente extensa, que aborda a menudo asuntos delicados, digamos, para el periodismo, la política nacional e internacional y hasta sentimentales propios y ajenos al autor, como personaje. No obstante, está escrita sin juicios sumarios contra nadie, sin resentimientos y sin prejuicios de ninguna índole, además con gran habilidad estilística y perfección sintáctica cargada de buen humor y saludable ironía. Su gran oficio del manejo del idioma explica porqué Carballo fue Jefe de Información y fundador del periódico unomásuno, experiencia que ahora novela. Como lo sería después de la revista Siempre!, por más de quince años, y luego del desaparecido periódico El Nacional. Pero vuelvo a la novela Morir de Periodismo: Carballo logró escribirla justo con el tono literario que demanda la historia, es muy acertado el lenguaje de quienes nos cuentan la historia tal y como la vieron y vivieron, en su calidad de narradores testigo. Todos tienen voz propia sin llegar a saturar las páginas y utilizando escasamente el diálogo, lo que es un logro estructural muy interesante.

Morir de Periodismo me parece que es una novela dialógica por excelencia, es decir, la novela de Carballo permite a los personajes su desarrollo individual más allá de los controles férreos del autor, con lo que Carballo logra que el discurso propio de cada personaje adquiera la máxima fuerza y dimensión posibles. En la novela de Carballo ello se logra con una estructura narrativa eficaz y un lenguaje sencillo sólo en apariencia, pues la novela está organizada acertadamente y los personajes son dotados de los registros lingüísticos y coloquiales necesarios, y los estados de ánimo propios de su condición humana particular.

Utilizando el método de narrar una misma anécdota desde distintos puntos de vista, que podemos llamar el método Rashomon porque así se hace en la memorable película de Kurosawa de 1950, las secretarias del unomásuno vieron, por ejemplo, cómo una tarde, el director del periódico, que en la novela aparece simplemente como el “CDG” (ciudadano director general), reglamentariamente borracho, llegó a la Caja del periódico a exigir que le dieran una cantidad de dinero para seguir la farra o pagar la cuenta, no se precisa, pero mientras ellas lo vieron descalzo, otros personajes lo vieron en calcetines y desaliñado abandonar la Caja sin el dinero que demandaba. Diversos hechos, como este, que debemos suponer que realmente sucedieron en el periódico, son narrados de este modo, en abono de la afilada ironía de la que acertadamente hace uso Carballo en toda su obra. Carballo maneja la ironía con una sutileza escasa en la literatura mexicana, tan proclive a los excesos, por otro lado tan frecuente de las literaturas europeas, en especial la inglesa.

Con registro narrativo distinto, es conmovedora la rememoración que hace Carballo de René Arteaga, personaje de la vida real. Sin artilugios literarios, sin lagrimones, destila nostalgia, poesía y cariño por un compañero que por azares del destino dejó el periodismo y esta vida prematuramente. A ratos uno quisiera que la novela hubiera sido más extensa, que Marco Aurelio Carballo nos contara más sobre personajes con los que trató, como Fernando Benítez, por ejemplo, fundador, hasta hoy, de los mejores suplementos culturales de nuestro país. Un hombre simpático, cuentan unos, que solía ser generoso, pero muy selectivamente. Un señor del que hace falta conocer algo más que sólo su hagiografía. Es destacable por igual que Carballo o “el cronista” o “el jefe MAC”, nunca tome partido por nadie y evite asestar juicios absolutos, a veces sobre cuestiones peliagudas, como admitir, o no, sentado a la mesa de Elena Garro en su casa de Madrid, que Octavio Paz le hizo la vida de cuadritos o más improbable aún, que nuestro Nobel le plagió un poema a su hija; o que Becerra Acosta se robó un cheque de miles de dólares que le envió López Portillo para pagar los sueldos de los trabajadores, que desde luego, se quedaron sin quincena. “El Cronista” sólo consigna el testimonio de ciertos personajes, de ciertas fuentes, como buen periodista.

Antes de la novela de Carballo, yo sólo conocía un trabajo sobre este desaparecido periódico unomásuno, que fundara Manuel Becerra Acosta en noviembre de 1977. Es un Informe Académico con que se tituló como periodista, en la UNAM, Catalina Miranda, colaboradora de aquel suplemento cultural del periódico que se llamó sábado; título que utiliza para su magnífico trabajo. Es cierto: sigue circulando un diario que se llama como aquél y quizá hasta tenga un suplemento cultural que se llame sábado, es cierto, pero es a duras penas un fantasma del que en los años setenta y primeros ochenta, nos hizo a muchos lectores pensar que, ¡al fin!, teníamos en este país un periódico moderno, ágil, interesante, crítico, de una izquierda, hoy extraviada, que entonces irradiaba inteligencia; un diario que con entusiasmo salíamos por las mañanas a buscar al puesto de periódicos seguros de que sus reporteras y reporteros gráficos nos iban a deslumbrar con una imagen informativa y bella; que sus cartonistas nos iban a señalar con humor y genialidad crítica el aspecto central de algún tema. Lamentablemente aquel diario está más perdido que Cartago, diría Borges. Hoy quizá ya se olvidó que en aquel suplemento sábado, se publicaron por primera vez textos extraordinarios como la novela de José Emilio Pacheco Las Batallas en el Desierto; como también el inolvidable ensayo de Juan María Alponte “Lou Andreas Salomé”, que gracias a él, despertó en nuestro país el interés por conocerla más y estudiar a esta prematura feminista, amiga de Freud, quien le cambió el nombre y la vida a Rilke; por la cual Nietzsche estuvo a punto de suicidarse y cuya biblioteca asaltaron los nazis en 1937.

Carballo nunca se refiere al unomásuno por su nombre completo, los diversos narradores lo llaman simplemente “el uno”; como tampoco llama por su nombre al dipsómano que lo fundó y luego lo fundió, a cambio, se ha dicho públicamente, de un millón de dólares en efectivo que le pusieron sobre la mesa con tal de que se fuera del país y dejara el periódico en mejores manos, según los estándares del gobierno de Carlos Salinas. Manuel Becerra Acosta (1932) aparece, creo que una sola vez con el nombre de “Manuelito”, y en boca de uno de los múltiples personajes que aparecen en la novela.

En mi niñez, que transcurrió durante los paleolíticos años cincuenta, en Tapachula, solía ir a diario al negocio de un señor que todos los días de la semana vendía periódicos, revistas y libros, junto a la iglesia de San Agustín. Dicho señor que vestía de lunes a viernes una impecable guayabera blanca, los sábados por la noche cambiaba de oficio y vestimenta: entonces estrenaba unos vistosos shorts de tafetán, le ponían unos guantes de box y alegremente se dedicaba a noquear a cuanto pugilista le ponían enfrente, en un ring que instalaban en la cancha de basket de la escuela Teodomiro Palacios. A veces le traían a temibles fajadores de la Arena México, del DF, y sin excepción, al día siguiente los ayudaban a subir al tren, de regreso a la capital, todavía mareados de la golpiza, con las orejas hinchadas como una coliflor. Yo lo sabía porque el ring lo guardábamos en el patio de mi casa durante toda la semana y el sábado entraba gratis a las peleas de box; aquel ring era en la casa nuestro espacio favorito para jugar, aunque nunca aprendí a boxear. El hecho es que entre semana, aquel señor exhibía y vendía toda clase de publicaciones, junto a la iglesia, sobre una tarima del tamaño de una habitación y aquello era para mí un deslumbrante mosaico de portadas de libros, revistas impresas a color y periódicos del que brotaba un olor a tinta fresca que mi memoria olfativa conserva intacta todavía. Allí veía a un chico como de mi edad pero de mayor talla, a quien siempre me pareció que le quedaba chica la ropa, acomodar en la canastilla de su bicicleta, una pila de aquellas revistas, libros y periódicos que luego repartía a ciertos clientes; a veces lo encontraba sentado en un banquito, leyendo novelas junto a aquel mar de publicaciones o por alguna calle de nuestra ciudad en la que entonces vivíamos unos cuantos, pedaleando de regreso al negocio de su padre. Yo le envidiaba la posibilidad de leer lo que le daba la gana sin tener que comprar nada, pero me consolaba leyendo libros viejos en la biblioteca municipal, que estaba en la acera de enfrente, o las revistas, novelas y periódicos que yo iba a comprar allí todos los días para un tío mío, aunque después de que mi tío lo hubiera hecho, claro. Aquel chico y yo nunca cruzamos palabra; años más tarde ambos nos fuimos de la ciudad y no volví a verlo. Varias décadas después nos encontramos, lejos de Tapachula, durante un Festival de Escritores Chiapanecos.

-Soy Carballo, me dijo, con la mano extendida.

-Yo lo sé, le contesté, en mi casa guardábamos el ring en que tu papá noqueó a media humanidad.

* Texto publicado en El Búho, revista mensual que dirige René Avilés Fabila, número 109, 6 de julio 2009.

**V.M. Camposeco es originario de Tapachula, Chiapas. Ha publicado la novela “Correo de Hiroshima”, el de relatos “Cuentos de volada” y un libro de crónicas con el que obtuvo el Premio Nacional de Crónica del Estado de México.

2 comentarios:

  1. Felicito sin reservas a Camposeco. Escribió, con gran talento y cariño, lo que pienso de Morir de periodismo y del querido MAC.
    A mí me tocó vivir lo peor del Uno, casi al final de su época brillante, como un simple corrector y colaborador eventual de la sección cultural.
    Desde luego el MAC, ya lo he dicho, es un estupendo escritor que espero algún día no lejano al fin le "haga justicia la revolución", como se decía antaño.
    Saludos.
    Oscar Sumuano
    El Conde del Soconusco

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  2. Oscarín: Ya me hice justicia por propia pano. Lo que importa es comprar tiempo para escribir, o robártelo. No necesitas mucho. Sólo un espantamoscas y oídos sordos ante el teléfono. Saludos: MAC

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