5 de junio de 2013

Un mundo hecho de frases

TURBOCRÓNICA PARA LA PRENSA 6 DE JUNIO
UN MUNDO HECHO DE FRASES
Marco Aurelio Carballo

El camino de la escritura tiene vericuetos, inaccesibles muchos. Cuando hay vocación, que empieza por la lectura, la cual no es negociable, resulta ineludible caer en el fanatismo. Uno quiere saber todo de todo del oficio. En ese todo hay frases que marcan. ¿Cuántas? Cientos. En un mundo construido de frases, cientos.
Cuando le preguntaron a Bioy Casares, amigo y alumno de Borges, cuánto tardó en aprender a escribir y él respondió “los primeros cuarenta años son difíciles”. ¿A partir de cuándo calcularía los míos? ¿desde los poemas cuyo fajo quemé  de adolescente en el patio de la casa, arrojado al fuego de la hojarasca del árbol de naranjas junto con mi vocación frustrada de poeta? Incluso pensé en contar mis años por sexenios como miden todo aquí. El tema dejó de obsesionarme porque me pregunté y ¿a poco uno repara de súbito en que ya aprendió a escribir?, ¿quién lo certifica? Pensé en preguntarle al próximo que me diera su tarjeta de presentación con la leyenda: “Escritor” luego del nombre. ¿Cómo saberlo a ciencia cierta ¡Sepa!”
Entonces recordé a Antonio Delgado, escritor tamaulipeco. Debía empezar por sentirme escritor. Pero ¿cuándo se siente uno tal? Otra incógnita torturante. Y ¿qué dijo Antonio Delgado, presidente de la Asociación de Escritores de México de 1988 a 1990 y amigo y paisano  del querido amigo Rafael Ramírez Heredia (1942-2006)? Dijo: Hasta cuando no escribo, escribo. Y eso ¿qué significaba? Estuve años rumiando la frase. Cuando vi a un chico salir de una escuela de música mientras rasgueaba incesante una guitarra imaginaria y tarareaba la canción, concluí en que cada uno debía interpretar la frase. Eso, me dije, la actitud del chavo guitarrista, significa escribir hasta cuando uno no escribe. Tras el descubrimiento, me he sorprendido no cientos, miles de veces, escribiendo sin escribir, creando personajes, describiéndolos, inventando situaciones y diálogos. Ahora no importa si tardo 400 años o cien sexenios en aprender el oficio. Escribiendo hasta cuando no escribo, un día lo conseguiré y, logrado, nada me detendrá.
¿Hay más? Sí: “El que quiere ser escritor ya no tiene derecho a vivir como los demás”. Pero esta de Stevenson es una consigna formidable: “El escritor no debe pasar ni un minuto en nada que no sea placentero”.



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