19 de junio de 2013

De cómo y por qué desapareció el tipo del abrigo marrón


TURBOCRÓNICA del JUEVES 20 DE JUNIO
DE CÓMO  Y POR QUÉ DESAPARECIÓ EL TIPO DEL ABRIGO MARRÓN
Marco Aurelio Carballo
Ahora que intenta recordar, calcula que lo tupido, la quimioterapia, empezó a la semana de que terminó lo duro, la radioterapia. Lo vencía la tensión porque ignoraba su destino. La tensión, la desmañanada y el frío. Por eso decidió enfundarse en un abrigo de color marrón. Los pacientes iban vestidos de cualquier modo, acaso de la forma como se sentían bien. Así que, enemigo de los convencionalismos ¿por qué él no? Además, en su oficio estaba prohibido llamar la atención. No tanto como un detective, pero, si no, ¿cómo ser un observador profesional si llamaba la atención cual narciso exhibicionista?
Observó que no pasaba inadvertido, paradoja, ocupado en que nadie notara su presencia. ¿Cómo con el cráneo casi a rape y el único de abrigo entre enchamarrados o señoras enrebozadas?
Tomaba asiento, recargaba la frente en la cuenca de las manos, sin recuperar el sueño. Aun cuando la sesión de medicina nuclear no duraba ni veinte minutos, esperaba hasta tres horas. Entonces luchaba contra los pensamientos negativos. No basta desearlo para pensar en positivo.
Sin querer oía las charlas. Se levantaban más temprano. Viajaban desde lejanas poblaciones hasta el Centro Médico siglo XXI del IMSS. Les costaba el transporte en tiempo y dinero. Escuchaba casos de cánceres espeluznantes. Lo peor eran los efectos de la radio, el cansancio, el sueño y el frío. Y ¿cuándo saldría de ahí? A la mitad, supo que le faltaban otras tantas sesiones. A veces tardaba más debido a que el  sistema “se caía” o al coincidir con dos o tres niños a quienes, por inquietos los anestesian.
Lo importante era cumplir con las sesiones y acaso no regresar. ¿Aguantaría? Sin alternativa, quedaba resistir.
Por eso cuando cumplió la sesión 35 y la radioterapeuta le dijo que era la última, que se fuera a casa a descansar, lo que pensó fue “lo hice”. Sin cantar victoria. Enseguida vendrían cinco meses de quimioterapia y análisis cada mes y al final estudios para que la doctora Nettel le dijera ya, o le seguimos.
Hace dos siglos podía decir “salí de Guatemala y entré a Guatepeor”. Quizá ahora lo correcto sea “salí de Hiroshima y entré a Nagasaki”. ¿Hay alternativa? La misma, Resistir. El tipo del abrigo marrón se esfumó por fin. Quizá para siempre, pidió, fervoroso, a su poder superior.



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